2017 y los vendedores ambulantes de la innovación

10.01.2017 13:04

Por Rafael Palacios Bustamante

El 2017 será un año en el cual convergerán con mayor fuerza que en años anteriores factores políticos, instituciones, sector público y privado con el propósito de relanzar la política de innovación. Pero, también, será un año de enormes desafíos para los gobiernos que pretendan deslindarse de la innovación como moda o fetiche erótico, y al contrario deseen avanzar hacia una estrategia que le dé sustancia a la innovación como motor del crecimiento económico real y sostenido.

Aun con los períodos exitosos que ha vivido la política de innovación por no muchos países antes y después de la crisis financiera de 2008, el 2017 aparenta ser un año en el cual se transformarán o se profundizarán las estrategias políticas orientadas al impacto de la ciencia y la investigación en la economía. No obstante, también será un tiempo que amenazará con reproducir más masivamente a los vendedores ambulantes de la innovación (políticos y economistas) o transformará las élites política y académica para conectar demanda social con cambio tecnológico y globalización.

Habrá preguntas que seguramente no podrán ser resueltas, pero que sin duda agitarán la agenda política y económica y su relación con la innovación. Dani Rodrik de la Escuela Kennedy de Harvard, ya ha hecho una antesala de lo que viene: ¿Cómo optar a más globalización sin renunciar al Estado-nación?, ¿cómo mantener y profundizar la democracia sin elegir entre Estado-nación y la integración económica internacional? Rodrik, además, afirma que si muchos países deciden mantener el Estado-nación y la autodeterminación, también tendrán que decidir escoger entre profundizar democracia y profundizar la globalización.

Orientar la política económica y de innovación exigirá de una comunidad política global y nacional muy ambiciosa y más preparada de la que hemos tenido hasta ahora. El desafío estará también en combinar política de innovación en un escenario de estancamiento económico, crecimiento irreal, demandas y conflictos sociales. El desempleo, pasando por las consecuencias inflacionarias de las malas políticas estatales y la inestabilidad de los precios del petróleo, han roto el imperativo del libre mercado como mecanismo de estabilidad económica y asimismo han desacreditado la legitimidad de los argumentos de muchos economistas. Ya John Stuart Mill, economista y filósofo del siglo XIX, predecía que nadie puede ser un buen economista si él o ella es solo un economista.

Aunque la innovación se ha convertido en una especie de ideología dominante de nuestra era, no ha podido todavía convertirse en el imperativo del bienestar social y de la vida cotidiana. Además de la infraestructura necesaria y el capital humano para sostener su funcionamiento, existe una gran deuda del Estado en construir la cultura política conectada con el cambio tecnológico. De manera que no se trata solo de formular una política de innovación para que haya innovaciones tecnológicas. Eso no es la sustancia. Y esto es justamente el riesgo de los países que utilizan la innovación como moda para el progreso, sin antes tener identificado lo suficiente el contexto en el que habitan y sin haber definido el tipo de capacidades que deben crearse a partir de ese contexto.

La innovación surgió primero como un concepto pequeño y hasta moralmente neutral. Incluso en este contexto algunos economistas ya habían recurrido a la innovación para profundizar sobre el crecimiento económico y su relación con el fortalecimiento de la democracia. Robert Solow y Kenneth Arrow se habían adelantado en predecir que la educación y el capital no daban cuenta suficiente del crecimiento económico, y por lo tanto eran la ciencia y la tecnología los elementos esenciales que darían significado a la economía.

La política de innovación nació como un término primero para estimular el crecimiento económico y fue el resultado del fin de trayectorias económicas y tecnológicas experimentadas por sectores industriales intensivos en conocimiento como el sector automotriz y el Silicon Valley. Han sido estos experimentos y no modelos para pensar la política nacional de innovación. Lo mismo ha ocurrido de cierta forma con la teoría de la innovación. Joseph Schumpeter y el concepto de destrucción creativa y la obra del Dilema de la innovación de Clayton Christensen, han sufrido un descrédito importante en la comunidad empresarial mundial como consecuencia de la dinámica del cambio tecnológico y sus efectos en la creación de nuevos negocios. La teoría de la innovación está permanentemente siendo criticada.

Lo cierto es que ya hay países que han hecho de la innovación casi que una moda nacional. Unos como el caso de China con importante éxito y otros que no se han percatado de que hay un mal uso, exceso y estrechez del término. 2017 será un año en el que los países que deseen fortalecer la democracia tendrán que evitar que la innovación sea más ilegítima y menos creíble de lo que ya es.