"America first" o "America second"

31.01.2017 17:33

Por Rafael Palacios Bustamante

Si algo ha caracterizado el análisis económico sobre Estados Unidos es que, a diferencia de muchos países, la prosperidad ha sido el resultado de la historia y de los efectos de las políticas gubernamentales implementadas durante muchos años. El éxito económico estadounidense ha sido menos asunto de la suerte y de la limitada gestión económica de un presidente. Así lo demuestran los datos económicos desde 1976 y el término de tres períodos de gobiernos tanto de demócratas como de republicanos.

Aun cuando la economía de Estados Unidos vivió un tiempo muy significativo de recuperación económica después de la crisis financiera desatada en 2008, Donald Trump ha calificado el período de gobierno de Obama como un "desastre económico". Trump olvida que Obama recibió una economía más débil que la de Clinton en el período 1993-2000. El gobierno de Clinton fue fortaleciendo la economía con un mejor crecimiento del PIB y un fuerte énfasis en colocar el programa económico como fundamento de una nueva fase de desarrollo social y científico técnico. Trump olvida que después de Clinton y antes de Obama la economía nacional estuvo en manos de George W. Bush, quien no pudo evitar que la economía retrocediera de forma dramática, afectando a los sectores inmobiliario, agrícola y automovilístico. Todo ello causó un crecimiento anémico del PIB. Trump olvida que en el período de Carter (1977-1980) hubo una disminución en la productividad de la industria automovilística y una relevante pérdida anual de los salarios por hora.

Trump olvida que Obama heredó una economía, que en palabras de expertos estadounidenses es calificada como la peor recesión económica desde la Gran Depresión. La economía venía perdiendo entre 700.000 a 800.000 empleos al mes. Trump recibe un país que aun en medio de grandes problemas de desigualdad social, ha logrado un crecimiento rápido y ha colocado la tasa de desempleo por debajo de 5% en comparación con el 10% que existía en 2010. Ciertamente, la reducción del desempleo no ha resuelto el problema de la participación de la fuerza laboral de Estados Unidos. Trump olvida que la disminución de la desigualdad, una de sus ofertas electorales más importantes, es un problema que acarrea la economía de ese país desde 1920 y es además un asunto difícil de revertir en todo el globo terráqueo. Más aún cuando se ha estancado el crecimiento en los países emergentes y desarrollados y donde el empleo manufacturero es en la actualidad más bajo en comparación con décadas anteriores.

Olvida Trump que el período de crecimiento económico reciente en Estados Unidos ha sido el resultado de dos visiones complementarias: la de la economía como el centro de la política de gobierno en el período de Clinton "es la economía estúpido" y el período Obama colocando la ciencia, la tecnología y la innovación como imperativos del desarrollo económico nacional. El efecto de este binomio ha sido el que Estados Unidos ha logrado una importante maduración en el proceso de desarrollo político, económico y social articulado con los beneficios que otorgan de forma conjunta la economía y la ciencia. Esa maduración fue el avance de una fase que comienza claramente a observarse desde los tiempos de Lincoln y con especial particularidad en el gobierno de Nixon. Se trata de una fase donde las decisiones políticas generaban decisiones científicas. Desde la década de los noventa del siglo pasado Estados Unidos ha avanzado hacia una nueva fase donde los resultados científicos han influenciado enormemente en las decisiones políticas, y esto ha podido claramente visualizarse en el gobierno de Obama con el conjunto de políticas económicas y sociales de largo plazo.

La disconformidad del sector científico de Estados Unidos frente a las reacciones de Trump sobre el valor de la ciencia en el cambio climático y la reciente decisión que tiene su raíz en la política de seguridad de su gobierno, de limitar la inmigración a ese país de científicos e ingenieros de grandes empresas como Google y Netflix y también del Silicon Valley, hacen ver que el retroceso más alarmante podría estar en implementar acciones políticas que debilitan la capacidad científica y tecnológica nacional.

Con Trump la sociedad estadounidense comienza a percibir que la ciencia no es apolítica, que el conocimiento es poder, pero el poder es la política. Por su parte Trump, más allá de la política de seguridad, podría aventurarse a darle un giro a la ciencia y la tecnología, colocándolas bajo un enfoque tecno-nacionalista "America first".

La verdad es que Estados Unidos aprendió ya a tener una economía dinámica y altamente dependiente de la innovación tecnológica y de la investigación básica y aplicada. Se trata de un país que ya aprendió a desarrollar conocimiento científico y a pensar en la ciencia de largo plazo por el despliegue masivo de la colaboración internacional. Estados Unidos ha podido mediante sus profesionales de todo el conjunto de sus instituciones científicas ser un país donde la ciencia es uno de los sectores empleadores más importantes. Estados Unidos construyó antes de Trump una base de adaptación ante los cambios tecnológicos y un nivel de respuesta científica muy alto.

Ahora bien, que todo esto pretenda cambiar es una decisión política que traerá consecuencias no muy difíciles de vaticinar, "America second".