El Talón de Aquiles de las dos "revoluciones"

11.04.2017 16:21

Por: Rafael Palacios Bustamante

Una de las versiones de la historia de Aquiles se lee en el poema incompleto de Aquileida, escrito por Estacio en el siglo I. Allí se hace referencia sobre el nacimiento de Aquiles y de su inmortalidad en el río Estigia. Su madre, Tetis, justamente al sumergirlo en el río lo sostuvo por el talón derecho. Fue ese preciso punto del cuerpo de Aquiles el que quedó vulnerable. Y fue esa la única zona del cuerpo de Aquiles en la que podía ser herido en batalla, como lo fue la guerra de Troya. 

Este ha sido uno de los ejes centrales de la épica grecolatina narrada en un ciclo de poemas épicos (la Iliada y la Odisea), ambas obras de Homero, inevitables de ser utilizadas a la hora de hacer referencia sobre las grandes debilidades de la democracia. Los últimos acontecimientos ocurridos, tanto en Venezuela por las enormes protestas ciudadanas en nombre de la falta de separación de poderes y rompimiento del hilo democrático y constitucional y en Ecuador por las manifestaciones ciudadanas en reclamo de un presunto fraude electoral por parte de los opositores y que ha hecho ganador de la presidencia a Lenin Moreno del partido Alianza País, demuestran muy claramente que el talón derecho de Aquiles de la revolución bolivariana y la revolución ciudadana, es el tipo de Estado aún existente y la enorme debilidad institucional. Y esto ocurre en países que conviven y pretenden adaptarse a la nueva dinámica de la convivencia mundial. Es evidente que la globalización y el progreso  tecnológico le pasó por encima hace rato a la democracia, al Estado y la  institucionalidad del siglo XX. Asimismo ha dejado atrás las viejas formas de hacer y pensar la política.

Aún cuando ambos proyectos políticos tienen importantes diferencias, a la hora de evaluar sus avances y resultados económicos y sociales, no se puede ocultar que la refundación del Estado y de sus instituciones como fundamento del fortalecimiento de la democracia y señal de referencia para sostener un proyecto nacional de largo plazo, no se ha cumplido. Una nación no puede pretender convivir con la globalización pensando sólo en reformar el pensamiento económico y social bajo preceptos puramente ideológicos o generando nuevas políticas públicas.

La Ley del Plan de la Patria o Plan de Desarrollo Social y Económico 2013-2019, fue pensada como la ruta de transición hacia el socialismo bolivariano al siglo XXI. Por su parte el "Plan Nacional del Buen Vivir" ha sido el instrumento político-estratégico del gobierno ecuatoriano con el que se ha pretendido refundar el Estado. En el caso de Venezuela mal podría uno afirmar que el Estado y las instituciones se han modernizado o se han reacomodado a la dinámica de la globalización y el progreso tecnológico, muy por el contrario se han deteriorado más y es evidente su atraso organizativo y operativo. Se cuestiona la independencia de los poderes públicos y se comprueba la desconexión de la institucionalidad democrática con la nueva dinámica que ha ejercido la globalización sobre la democracia. Por su parte, en Ecuador, las políticas de gobierno orientadas al desarrollo económico y social han tenido avances que no pueden negarse. Sin embargo, los recientes acontecimientos a partir de los resultados electorales muestran una debilidad poco complaciente con un país que pretende avanzar a la modernidad y en su afán de transformar la matriz productiva a través de una política de Estado para el desarrollo de la sociedad del conocimiento. Si no existe credibilidad en el sistema electoral, si la sociedad no tiene confianza en la transición democrática y de poder gubernamental, de nada sirve lo demás. Sin legitimidad y credibilidad institucional lo que se produce es un quiebre del proyecto nacional.

Existe aún la percepción - poco debatida por los académicos e intelectuales- de que cualquier proyecto político que desee el bien de sus ciudadanos tendrá su éxito en la medida en que se desarrollen políticas públicas efectivas. Los indicadores mundiales sobre la eficacia e independencia de los poderes públicos y de justicia y su impacto en el desarrollo económico, indican otra cosa.

No es posible negar que el fracaso de la transformación económica y social en los países de América Latina es causa de Estados "anómalos", Estados que lucen viejos y que se enferman de forma recurrente. Sin la creación de un nuevo Estado y una nueva institucionalidad estos países continuarán debatiéndose entre socialismo y capitalismo, entre el poder de la derecha y la izquierda. En estas circunstancias poco se hará para cambiar el modo rentista y populista del Estado, por uno productivo. Sin una reforma del Estado que entierre la radicalización ideológica y que sitúe la investigación y desarrollo como uno de los imperativos de un nuevo modelo económico, no será posible convivir con la globalización y la innovación. Sin un nuevo Estado los códigos de la institucionalidad del siglo XX seguirán haciendo de las suyas en el siglo XXI. Sin un nuevo Estado que no garantice la continuidad democrática de forma "inteligente" y transparente no habrá proyecto de largo plazo.

Se requiere de un Estado donde las luchas no sean sólo luchas políticas para obtener al final casi lo mismo. El Estado y la institucionalidad que tenemos debe dejar de ser inmortales.