En clave griega

07.07.2015 01:27

Rafael Palacios Bustamante

El No en el referéndum de Grecia ante el nuevo plan de austeridad que ha propuesto la Unión Europea fue una jugada política peligrosa de Alexis Tsipras. El resultado ha puesto en la mesa el futuro de Grecia, pero también el futuro de la zona euro. Ahora los gobiernos de Francia y Alemania, después del referéndum, atraviesan por serios cuestionamientos.

Quienes festejan el resultado desde la República Helénica parecen estar lejos de considerar que tal jugada política podría encerrar a Tsipras en su propia jaula. El referéndum, ciertamente, reivindica un apoyo abrumador a su gobierno, pero el presidente griego está obligado a lograr un acuerdo con sus acreedores en los próximos días, con el fin de poder enfrentar los problemas dramáticos de liquidez. Tsipras quiere negociar con otras condiciones hasta lograr abrir el grifo del Banco Central Europeo; busca una mayor flexibilización en el financiamiento. Lo contrario sería que Grecia renuncie a negociar con estos acreedores y, en consecuencia, explore un territorio político y económico desconocido, lógicamente peligroso para el apoyo del gobierno.

Los otros, los de afuera de Grecia, que aprovechan el No del referéndum para su capital político y hacen ver que la respuesta del pueblo griego es una negación a las políticas neoliberales, gozan de una basta ignorancia. Analizar los resultados del referéndum buscando colocar a la Unión Europea y, en particular, la posición del gobierno de Alemania en un escenario de malos contra buenos, es un error. Lo que está en juego en Grecia es la recuperación económica de un país donde sus gobiernos –incluso el actual– tienen responsabilidad directa de la crisis. Y es que la caída del PIB en 25% no es efecto del plan de austeridad establecido por las partes en 2010 y tampoco el plan de austeridad ha sido la solución a los problemas de solvencia que presenta el país.

Al parecer, la solución no es un plan cortoplacista por parte de los acreedores y menos haciendo lo que Alemania dice que se haga. Al contrario, Grecia debe hacer lo que Alemania hace.

Grecia posee una combinación tóxica para la economía a largo plazo: tiene un Estado ineficiente con poca inversión en productividad e innovación. El Estado es altamente burocrático y ello ha repercutido en que un número importante de empresas de alta tecnología haya perdido espacio en el mercado. Lo mismo ocurre con la iniciativa empresarial, el comercio y la exportación de productos. Estos problemas han impactado igualmente en la competitividad de sectores determinantes de la economía como el farmacéutico y naviero.

La inversión de Grecia en investigación y desarrollo es de aproximadamente 0,6% del PIB, 7 veces menos que el promedio de los países de la Unión Europea. La investigación básica es prácticamente financiada por el Programa Marco Europeo "Horizonte 2020" y del cual son beneficiados de forma relevante los países europeos. El país helénico ha dejado de utilizar la productividad laboral para la innovación desde el comienzo de la crisis; se han ido del país aproximadamente 200.000 griegos y una parte importante de ellos con alto nivel científico. Asociada a la falta de productividad laboral está la tasa de desempleo de 25% y de desempleo en la población joven de 50%.

En estas circunstancias resulta imposible pensar en el crecimiento económico.

Estos problemas, que son condiciones esenciales para la recuperación y sostenibilidad económica a largo plazo, no pueden ser abordados con un plan de austeridad que no obligue al gobierno helénico hacia adentro a hacer un conjunto de reformas impostergables. Es quizás aquí el error de los acreedores. Pero los griegos no parecen estar libres de culpa al no exigir a Tsipras llevar adelante ese conjunto de reformas.

La crisis de Grecia también permite visualizar que la economía moderna no es la economía ficticia que presentan algunos países de América Latina. Que el PIB en 2015 se calcule para Panamá 6,0%; Bolivia y Nicaragua y Republica Dominicana, 5,0%, o que países como Perú y Ecuador –pese a contracciones macroeconómicas– se mantengan en crecimiento, no significa en lo absoluto que la más importante proporción de ese crecimiento provenga del valor agregado que genera el conocimiento científico y tecnológico. En esas economías no se conoce la innovación y su impacto en la competitividad internacional. Allí se visualiza una profunda desarticulación entre el Estado, las universidades y el sector productivo y, por tanto, una muy baja demanda de conocimiento.

El No en clave griega es ahora la fiesta de los aduladores políticos y de los economistas que parecen querer ver otra verdad.