La invención del pueblo

07.03.2017 16:15

Por: Rafael Palacios Bustamante

Mucho se dice sobre la necesidad que tienen los países de producir la transformación y la transición hacia la sociedad del conocimiento. La innovación, como expresión de progreso, ha pasado a ser más una simulación política que un imperativo del mundo real. La norma ha sido que la mayoría (pueblo) acuse a la minoría (gobernantes) de no haber hecho la transformación económica. Ante esto surge la pregunta: ¿y qué ha hecho el pueblo mismo para cambiar la ficción de la soberanía popular y orientarla como expresión y acción de la transición hacia una economía moderna e innovadora?

Es notable que la sociedad del conocimiento es una “moda”, y ha estado formando parte de las simulaciones tanto del mundo político como de los actores económicos. La sociedad del conocimiento ha sido como una ficción, que no ha cumplido su propósito y ha estado muy separada de los hechos. Hoy tenemos como resultado sociedades que viven en modo rentista y casi totalmente dependientes de la exportación de materias primas, sociedades atrasadas en el uso y manejo de la información y sociedades altamente dependientes de la importación de tecnologías. Tenemos sociedades menos educadas, menos preparadas técnicamente, menos inteligentes.

Detrás de esto, se visibilizan dos grandes limitaciones: la incapacidad de quienes gobiernan y la baja cultura política e ignorancia de los gobernados. Esta relación disfuncional es la que fortalece la ficción de la política que promueve la minoría (quienes gobiernan). Así, nos encontramos frente a “pueblos invisibles”; pueblos limitados a ir en busca de nuevas invenciones sobre los modos de ejercer la soberanía popular.

Sostener la ficción de la sociedad del conocimiento y la innovación desde el Estado resulta aún más fácil cuando se tienen pueblos que no son capaces de pensar, de actuar y de tomar decisiones y realizarlas. El pueblo como entidad de la soberanía popular ha dejado de ser una unidad colectiva transformadora. No es ya más una entidad superior al gobierno. Los pueblos se han acostumbrado a transferir su voluntad a una minoría para que decida el destino de un país, a través del parlamento y de otras instancias políticas. Así es que muchos pueblos han entendido la democracia.

Pareciera entonces que la transformación de la política pasa primero por la del pueblo mismo; de poder reconocerse como mayoría y, en consecuencia, hacer que su expresión conforme la autoridad que ejerce la minoría, y no al revés. Si algo ha sido positivo en las sociedades modernas es que la transición hacia nuevos paradigmas económicos y tecnológicos ha sido el resultado de una demanda social de la mayoría, que ha hecho que los representantes en el gobierno sean personas capacitadas para interpretar dichas demandas y transformarlas coherentemente en decisiones políticas. Ha sido el conjunto de instrucciones y de peticiones lo que ha constituido el formato de la conexión gobierno-gobernados, y lo que ha permitido el tránsito hacia la sociedad del conocimiento y de la innovación. También, ha sido la base comunicativa para movilizar la actuación política a largo plazo.

En estas sociedades la madurez democrática ha hecho que la soberanía popular sea también la expresión de ejercer la mayoría en el proceso de toma de decisiones políticas. No habría existido en muchos países una masiva actuación política sobre los problemas ambientales sin una masiva demanda social y colectiva. Hoy la política ambiental determina en muy buena parte la dirección política del gobierno y el sistema económico nacional.

Pero existen otras sociedades en donde los pueblos parecen como disueltos. Incluso, parece disuelta la propia soberanía popular que se ejerce en su nombre. Existen sociedades que viven de ficciones y de instituciones y actores que fortalecen esas ficciones. Estamos en presencia de pueblos invisibles que, además de no aparecer, son arrastrados por la dinámica de la globalización. Son sociedades autómatas, que se rigen por lo que otros digan y obedecen ciegamente a la minoría. sociedades que actúan como fans de los gobernantes.